¿Dónde dejé las llaves?

Abril 2008

Por : Raquelina Luna

Estoy segura que más de una vez nos ha pasado que no sabemos dónde dejamos las llaves, que se nos olvidó si cerramos bien la puerta y que se nos pierden cosas en nuestras propias narices.   No hay que ser ancianos  para que estos hechos se den con frecuencia. Cada día es un motivo de comentarios e incluso bromas entre amigos y cada vez es más frecuente verlo como motivo de consulta en  personas muy jóvenes preocupados por una memoria que empieza a fallar.

Esta situación no comienza siendo un problema de memoria en sí mismo. Generalmente se debe a que con los tantos asuntos simultáneos que manejamos, con los tantos roles y el gran estrés en que cada vez estamos viviendo, nuestra atención disminuye.  El automatismo en que a veces entramos para sobrevivir (ojo, no vivir) nos resta atención a muchos detalles de forma consciente.

Veamos: trata de responder lo más rápido que puedas:  ¿te acuerdas el color de los pantalones que te pusiste ayer?  ¿Qué comiste de desayuno?  ¿ De qué color estaba vestida la secretaria de la última oficina que visitaste? ¿ Y la expresión de los ojos de tu hijo al despedirte? Hay muchos eventos sucediendo y nos perdemos de muchos detalles importantes por no estar atentos/tas, que es lo mismo que no estar en el presente.

Son tantos los estímulos  que tenemos en el día que nuestra mente consciente opta por desconectarse a ratos. La sobrecarga hace que, en buen cibaeño,  no podamos llevar tantos “cartones” a la vez y entonces le damos al botón “automático”.

Cada día son más frecuentes los casos de niños que tienen déficit de atención. Sin embargo son muchos los adultos que no fueron diagnosticados de niños y/o que lo fueron desarrollando por el estilo de vida, el estrés y las sobrecargas. Muchas veces se manifiesta al querer atender los múltiples pendientes juntos, iniciando varias cosas, no concluyendo ninguna.  También,  pasar desordenadamente de una cosa a otra y no centrarse en ninguna en particular. Interrumpir varias veces una misma tarea para hacer otra  y luego olvidarse donde estaba. Tener la necesidad de cambiar porque se pierde la concentración fácilmente, tener que repetir un párrafo varias veces porque no se pudo concentrar bien en el significado de algo que antes era sencillo, contar varias veces lo mismo y terminar exhausto/a del gasto de energía extra que genera este estado de desconcentración.

Probablemente no hay nada que infunda tanto temor como pensar que podríamos perder nuestras facultades mentales. No hay ninguna razón para que esto tenga que suceder si conocemos cómo funciona nuestro cerebro y cómo podemos ejercitarlo, manteniéndolo activo y joven.

Del mismo modo que los diversos músculos del cuerpo trabajan de manera armónica para producir el movimiento físico, nuestros hemisferios cerebrales  trabajan juntos y coordinados para originar una idea o un pensamiento completos.  Nuestras redes neuronales se interconectan y aunque las neuronas no aumentan en número y tampoco se reemplazan, si pueden aumentar sus sinapsis o interconexiones. Ahí radica el secreto.

Hay personas que se mantienen lúcidas y con todas sus facultades e incluso que mejoran con la edad. Las personas que mantienen una actitud flexible y una mente abierta al aprendizaje son aquellas que mejor conservan su capacidad y lucidez mental (Walter Schaie). Por el contrario, las personas dogmáticas, de mentalidad rígida y cerrada sufren un significativo deterioro en su inteligencia, memoria y capacidad de atención mientras envejecen.  Por tanto la primera sugerencia para darle mantenimiento a nuestra mente y evitar el envejecimiento prematuro es mantener una actitud abierta, buscar nuevos conocimientos y aprender de otros formas distintas de pensar a las nuestras.

A continuación otras sugerencias prácticas para mantener la lucidez, la atención y las condiciones mentales siempre jóvenes:

-  Haz cambios: prueba nuevos sabores, otros aromas, cambia las rutas para llegar a los lugares habituales, cambia de lugar los elementos del escritorio, cambia la distribución en tu armario, lee libros diferentes, encuentra nuevas formas de hacer tu trabajo, escribe o cepíllate los dientes con la mano no dominante.  Fuerza tu cerebro a salirse de la rutina de lo conocido.

- Ejercítate: mejora el flujo sanguíneo y por tanto la oxigenación, nutriendo el cerebro, mejorando la memoria y reduciendo el estrés

- Haz rompecabezas, crucigramas, adivinanzas, juegos que impliquen razonamiento, esfuerzo mental. Mejoran el vocabulario y ejercitan las conexiones cerebrales

- Ríe más y más fuerte: libera endorfinas estimulando las sensaciones de bienestar, reduce el estrés y recarga el cerebro.

- No lleves los problemas del trabajo a la casa, aprende a desconectarte.

- Descansa, duerme profundo, cambia de actividad, repara, recupera energía.

- Medita: vacía tu mente, no hagas nada, concéntrate en tu respiración, en sonidos,   

  durante algunos minutos todos los días.

- Ve menos televisión, lee más, practica un pasatiempo.

- Aprende algo nuevo, un nuevo idioma, profundiza en algún tópico de tu interés hasta que seas un experto.

- Vive el presente: el pasado no lo puedes cambiar y el futuro no ha llegado. Enfócate en lo que tienes, si lo dejas pasar se convierte en pasado y ya no hay remedio, perdiste la oportunidad.

Por último, juega, un espíritu juguetón nos mantiene más jóvenes. De nada te servirá hacer crucigramas o leer si se convierten en una obligación y no lo disfrutas.

Disfruta de las pequeñas cosas de la vida, encuentra la belleza que hay en todo. Vive tu vida con pasión, encuentra tu genialidad y tu talento.

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